II.- ¿Un escaño en Bruselas? ¡No con mi voto! (2/2)

Nada más lejos de mi ánimo que el “euroescepticismo”, que otros utilizan para enmascarar su nacionalismo más rancio, o para tratar de justificar la defensa a ultranza de privilegios particulares, cuando no de prejuicios racistas y xenófobos. Mi anhelo es ser ciudadano europeo y sentirme tal, pero esto pasa por haber podido construir una Europa real unida, igualitaria, justa, segura y solidaria y verdaderamente libre para las personas. Por eso, yo no votaré en las elecciones al parlamento europeo.
No es baladí que la actual Unión Europea tenga sus antecedentes en la CECA (Comunidad europea de Carbón y el Acero) la CEE (Comunidad Económica Europea) y el EURATOM (Comunidad Europea de la Energía Atómica), incluso que el nombre más popular, usado y conocido, previo al actual haya sido el de “Mercado Común”. En realidad, han sido las necesidades de conciliar la competencia, la dependencia y los distintos intereses económicos, energéticos  e industriales de los países más desarrollados del viejo continente, tras superar la herencia de la II Guerra mundial, los auténticos motivos para llevar adelante un proyecto como el de la UE y, ya más recientemente, la decisión de globalizar la economía, liberalizar los mercados y consolidar el capitalismo, hacían irreversible la situación.
Son por tanto los intereses económicos los que priman sobre cualquier otro, los que orientan y dan personalidad propia a la UE. Oímos hablar mucho de la Europa de los ciudadanos pero cada día, máxime en esta etapa de crisis, las pruebas son irrefutables y los hechos abundan en la primacía de los poderes económicos, las grandes multinacionales, las estrategias industriales, el acaparamiento de mercados, la salvaguarda de las balanzas de pagos nacionales y la confrontación de las políticas financieras y fiscales domesticas.
Por eso han resultado inútiles, hasta ahora, todos los intentos de dotar a la UE de condiciones homogéneas y mínimas en materia de derechos laborales, sociales, fiscales y económicos de los ciudadanos y las familias, y pretensiones como las de un Salario Mínimo Interprofesional para toda Europa, o una Carta de Servicios Públicos Esenciales garantizados en toda la UE, entre otras, son y seguirán siendo una utopía sin horizonte.
Para la vocación “neoliberal” de la UE es más conveniente mantener la desregulación en estas materias y que formen parte de los costes de competencia, para así debilitar la situación de los trabajadores en los países más avanzados. Lo hemos comprobado en el periodo de crisis financiera internacional que nos afecta, en la que se han forzado a la baja las conquistas sociales y laborales de los países más dañados, para seguidamente presionar a sindicatos y organizaciones sociales de los más ricos, so pena de “dejar de ser competitivos”.
La paradoja es que han emanado del Parlamento Europeo muchas medidas que parecen contradictorias con la afirmación anterior, esto es en materia de defensa de derechos de consumidores y usuarios y unificación de tarifas de servicios, definición y simplificación de reclamaciones, elevación de indemnizaciones, y adopción de normas generales, comunes y reguladoras de estas materias. Pero si estudiamos pormenorizadamente esta marea legislativa, llegaremos a la conclusión de que han pesado más los intereses de ciertos holdings empresariales y la necesidad de ciertos gobiernos, para “igualar la competencia”, obligando al alta a los que prestaban los servicios en términos más deficitarios. Ha resultado más rentable políticamente ofrecer a los ciudadanos logros, en cuanto que consumidores, si al mismo tiempo se combatía a las empresas menos capacitadas y se propiciaba el efecto de fusiones y absorciones, la concentración capitalista.
Por eso esta Europa no es la de la profundización democrática, la de la justicia social y el bienestar de los ciudadanos, la de la solidaridad, la seguridad, la igualdad y la libertad, la que pueda dotarse de una constitución realmente progresista y que respete al pueblo como único detentador del poder soberano.
La actual proliferación de nacionalismos separatistas, independentistas de viejo cuño, podría parecer, en el contexto de un supuesto proceso de unión del viejo continente, una contradicción difícil de explicar, “contra natura” por así decirlo. Pero ese sería un análisis simplista del problema y del contexto, que apenas si resultaría de algo que no fuera arañar suavemente la piel del problema.
Una Europa que no es capaz de superar los nacionalismos resultantes de la II Guerra mundial, diluyendo el poder de estos en beneficio de un poder supranacional global, homogéneo, igualitario y eficaz, no puede ser freno para la aparición de separatismos regionales, historicistas, románticos, xenófobos, etnicistas, o de cualquier otro tipo, antes al contrario: solo puede resultar estimulante y alentador de los mismos.
Cuando el espíritu nacionalista es incapaz de fundirse en pro del nuevo nacionalismo europeo y se refuerza destacando cualquier otro elemento diferenciador que lo refuerce: monarquías, religión, idioma, patrimonialismo histórico, etc., la idea de Europa Nación es inalcanzable y, si finalmente todo se reduce a un mercado común, incluido el laboral desregulado, es lógico que algunos consideren que, para eso, da lo mismo el número de miembros y que se justifica el fraccionamiento oportunista de los actuales estados-nación.
Pero no es solo el “lastre a conservar” lo que impide la real Unión Europea, la forma en que los intereses geoestratégicos se han manifestado en el seno del viejo continente y las consecuencias de los mismos, son innegables, y han supuesto la evidencia que los viejos/rancios separatismos necesitaban para revivir con fuerza y prosperar.
Con la caída del “telón de acero” y las tensiones desatadas en muchos de los países que sufrieron la imposición soviética, faltó algo imprescindible: una respuesta y acción conjunta, coordinada y consensuada de los socios europeos del momento. Fundamentalmente Alemania, se lanzo a imponer su visión de lo que debería ser su nuevo flanco oriental y en los Balcanes, (Polonia, Checoslovaquia, Hungría, Yugoeslavia, Albania) sin atender a otra cosa que no fuera su obsesión por generar un espacio de influencia económica y política que le proporcionara un colchón ante la nueva potencia Rusia.
Y esa nueva Rusia, resultante a pesar del desmembramiento de la URSS en un país fuerte e influyente, resultaba igualmente inquietante para la supremacía mundial de los EEUU, faltos ya de la justificación ideológica, así que estos a través de su aplicado sacristán en Europa: el Reino Unido y otros monaguillos menores: la misma Alemania, Italia, Polonia, etc., atendieron especialmente a promover la desvinculación hostil de las mas ultranacionalistas de las antiguas republicas (Estonia, Letonia, Lituania) y con mayor o menor disimulo a alentar los conflictos de los viejos socios obligados del Kremlin.
Desde la sangrienta partición de la vieja Yugoeslavia, la encarnizada guerra albano-kosovar, el eterno conflicto de Chechenia, hasta la situación explosiva de Ucrania en la actualidad, la estrechez de miras de la política exterior europea, los egoísmos y conveniencias de algunos, la supeditación a los EEUU de otros y un irracional apresuramiento en ampliar los estados miembros, dejando caer los estándares mínimos exigibles para ingresar, y que los españoles si conocimos en todo su rigor, -o son infranqueables para Turquía-, se combinan perfectamente, como elementos potenciadores del neo-nacionalismo, con la inmovilidad ya denunciada de los estados-nación más poderosos.
Que La Liga Norte en los Apeninos y el Véneto y Tirol del sur en Italia, Escocia en el Reino Unido, los Flamencos en Bélgica, Cataluña y País Vasco en España, se encuentren en una nueva pujanza, que les alienta a propuestas de independencia inmediata sin por ello dejar de ser miembros, con todos los derechos, de la Unión Europea, no tiene nada de extraño, y sin que las advertencias de exclusión, de esa misma UE, sean creíbles, en base a la errática y poco consistente política mostrada hasta ahora.
Lo cierto es que no hay Europa más allá del referente geográfico. Y lo peor: que ni siquiera se la espera.
Y lo que hay no se merece el voto de un ciudadano. Para “hacer lo que les da la real gana”… que lo hagan, sin pretender justificarse en que les entregamos nuestra soberanía al ejercer de electores.
¿Qué quiénes son esos que “hacen lo que les da la gana”? Pues eso es lo malo, que son difícilmente identificables ¿Los Merkel, Cameron, Hollandé? ¿Los dueños de las grandes corporaciones financieras y empresariales? Los que seguro que no deciden, más allá de lo que interesa a los verdaderos amos, son esos cientos de supuestos representantes de la soberanía popular, que aspiran a una poltrona muy, muy cómoda y bastante bien pagada, en la vieja ciudad de la cerveza y el chocolate. ¿Un escaño en Bruselas? ¡No con mi voto!
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