Conocimiento, saber... ¿Premio o castigo?

            Aunque la sabiduría china (posiblemente la más vieja de la humanidad “actual”) nos dejara la alegoría de “los tres monos”, que tapándose la boca, los oídos y los ojos; nos aconseja... “no ver, no oír y menos hablar”; cosa imposible de hacer, para aquel humano que tiene un mínimo de inquietudes, el que si no hiciese uso de los sentidos de que fue dotado, terminaría por... “reventar o explotar”. Aunque en la sabiduría  posterior de los griegos, aquel sabio dijera a sus discípulos... “Observad que los dioses, os dotaron con dos orificios para oír, dos ojos para ver, tres orificios para respirar y el resto de órganos vitales, dotó a vuestros cuerpos con doble dotación (pulmones, riñones, brazos, piernas, testículos...?) sin embargo sólo os fue otorgada una sola boca y en ella una sola lengua... luego la sabiduría divina, no le dio más importancia a la palabra que a la vista y al oído... por tanto es mucho más vital el ver y oír que el hablar”.

            Pero al final y contradiciendo algunas de estas enseñanzas; lo que más estimula al ser humano, es el saber... el saber cada vez más. No sabe ni para el qué de ello (salvo el que envenenado por la posesión de la materia vive sólo y para ella) y llega a la triste o real verdad, de que posiblemente la mejor vida del planeta, aún esté en las selvas amazónicas, en esas comunidades (pocas ya) que aún viven... “su vida virgen y natural”; puesto que lo opuesto, ya lo dijo el Maestro Sócrates, con aquella lapidaria frase de que... “sólo sé que no sé nada”; la que se seguirá escribiendo por un larguísimo futuro.

            Aunque ya he leído muchísimos libros que confirman “ese saber que no sabemos nada”; uno de ellos el de Jean-François Revel: “El conocimiento Inútil” (el que recomiendo su lectura); pero hoy les copiaré un texto bastante sorprendente y cuyo autor es un ingles nacido en Palestina, en 1933: se trata de Theodore Zeldin y el texto lo extraigo de su libro “Historia íntima de la humanidad”; dice así:

            “El cuarto camino es el de la búsqueda del conocimiento. La idea de la existencia de algo que puede adquirirse es una concepción reciente: durante la mayor parte de la historia, el conocimiento ha sido raro y secreto y este legado esotérico, con sus sueños de dominio y misterios, pervive en la jerga con la que se protege cualquier profesión1. El conocimiento sigue siendo una serpiente que se muerde su propia cola.

            Entre los siglos V al XI, aproximadamente, la India abarcaba casi la mitad de la humanidad y acumulaba suficientes conocimientos como para disponer de los mejores alimentos y prendas de vestir del mundo: quienes buscaban un nivel de vida mejor la envidiaban e intentaban obtener una parte de su algodón, de su arroz y azúcar. De la India salió, quizás, el científico más importante de todos los tiempos, el matemático anónimo inventor del sistema de contar con nueve dígitos y un cero.2 Y, sin embargo, el hinduismo enseñaba que el único conocimiento realmente importante era el que suprimía el deseo y demostraba que el individuo era un cúmulo de ilusiones: el conocimiento, recalcaba, no abolía el sufrimiento. De modo similar, China, la primera civilización tecnológica, a pesar de congregar un ejército de un millón de hombres bajo la dinastía Sung (960-1279) y haber desarrollado la mayor industria mundial del hierro, capaz de producir 16 millones de puntas de flecha de ese metal, se encontró con que muchos de sus ciudadanos más capaces adquirían el conocimiento, sólo para aprobar unos exámenes y memorizar las normas del gobierno3. El aprendizaje ha degenerado una y otra vez en repetición, duplicación y aturdimiento mental. Y los árabes cuya ciencia hizo posible el descubrimiento de América y que fueron los primeros en darse cuenta de que el conocimiento es un empeño esencialmente internacional, que crearon la primera academia de traductores del mundo en el siglo IX bajo la dirección del doctor Hunayn, un hombre muy viajado, y que hicieron del Bagdad de su tiempo uno de los centros mundiales de debates intelectuales, acabaron, no obstante, exhaustos y exasperados por los conflictos del conocimiento y reprimieron la curiosidad durante muchos siglos.

            Podría parecer que Occidente tardó tanto en descubrir los goces del conocimiento porque, tras la pirotecnia intelectual de lo griegos, el cristianismo colocó la caridad por encima de todas las virtudes: aunque tuviera el conocimiento  para mover montañas, decía san Pablo, sin amor “no soy nada”. Lutero llamaba a la  razón “la puta del diablo”. Pero otros adoptaron la misma actitud, y hasta los chinos, que veneraban la erudición, tenían entre ellos a los taoístas, para quienes la adquisición del conocimiento conduce a la perdida de la felicidad.

            Es posible disfrutar de un viaje gratísimo en busca del conocimiento, pero es probable que nuestro tren se vea desviado a un apartadero y, olvidándose de su destino, se niegue a seguir avanzando. La búsqueda del conocimiento por el conocimiento es otra manera de evitar tener que decidir para qué se quiere. Parwin Mahoney no tiene dificultades en encontrar alumnos deseosos de aprender idiomas, y lo que hagan con ese conocimiento será cosa suya, pero ella misma sabe, como todos los comerciantes profesionales de conocimiento, que no basta con conocer”.

            Y hasta aquí ese interesante texto, que aún leyéndolo muchas veces, al final nos deja, en la encrucijada en que siempre se ha encontrado aquel que quiere saber más... pero ya digo... “ese veneno nace con nosotros, al menos con aquellos que quieren saber y cuanto más... ¿mejor o peor?” Dejémoslo estar y que cada cual obre según crea... Puesto que al final se puede llegar a aquella lapidaria sentencia que atribuyen a Lenin... “¿Libertad... para qué? Y la que si cambiamos la palabra libertad por la de sabiduría o conocimiento... pues...?

            Finalmente y como “lenitivo o consuelo”; busco en mi archivo y veo y leo las reflexiones de una mujer que ha cumplido en este mísero planeta, la venerable edad de 103 años y que a pesar de ello, se mantiene en una lucidez y serenidad admirables... fue un obsequio que recibí y que comparto con mis lectores; ya me dirán lo que les parece todo este “gran ladrillo”, fraguado por mí en esta misma mañana: Ver  vídeo pulsando aquí: UNA PREMIO NOBEL QUE CON 103 AÑOS PIENSA Y HABLA CON GRAN LUCIDEZ: RITALEVI-MONTALCINI_.pps

Antonio García Fuentes
(Escritor y filósofo)
www.jaen-ciudad.es (aquí mucho más)

ACLARACIÓN: Las dos notas finales, las he añadido yo como reflexión: AGF


1 Recordemos como principales el cómo escriben los médicos, también los farmacéuticos, que pareciera “un idioma extranjero y en el que sin embargo ellos se entienden”; recordemos los nombres que dan “a sus cosas”; también todos los que viven de la justicia y tribunales y así muchos otros, que no quieren que “sus saberes” los capte o entienda “el común de los mortales”... y no hablemos de “las jergas” de los políticos, que las emplean siempre para mentir y eludir responsabilidades.
2 Sin embargo en “los libros” se nos dice que ello es debido a los árabes que son los que lo traen a Europa; puesto que los griegos y romanos desconocían el número cero.
3 O sea que lo que les interesaba era aprobar las oposiciones y optar a un puesto en el gobierno chino y así vivir del presupuesto el resto de sus días... o sea lo mismo que hoy ocurre aquí en España y supongo que en otros muchos países más.
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