“¿Crisis? Debo ser el único tonto que se queda en casa este verano”

@Esteban Hernández - 24/07/2010

“Habrá crisis pero no sé para quién. Todo el mundo se ha marchado de vacaciones, y si sales por la noche te encuentras un montón de gente. Debo ser el único tonto que se queda en casa en lugar de salir a cenar por ahí”. Esta clase de afirmaciones, reproducidas por Rafael Ibáñez, profesor de sociología de la Universidad Autónoma de Madrid y uno de los autores del estudio Crisis y consumo: una reconstrucción de las prácticas de consumo en España desde una perspectiva cualitativa, no sólo recoge la contradicción entre el duro ajuste económico que domina los discursos oficiales y la percepción social de una realidad que parece ir en sentido contrario, sino que pone encima de la mesa algunas de las transformaciones sustanciales que está provocando la recesión.

En ese orden, el primer cambio ha operado en el consumo tiene que ver con un miedo al futuro que ha penetrado por completo en la sociedad, que ha llevado a cierta contracción en el gasto, y que ha sido vivido de forma muy distinta según el nivel de ingresos. Así mientras una joven participante de mayores posibilidades económicas detallaba cómo las restricciones habían limitado sus costumbres de ocio.

“Y luego el ir de fin de semana y el esquiar, o sea, yo este año lo he notado muchísimo porque claro, subir por ejemplo, vale, yo es porque es donde tengo la casa, pero subir a la Cerdaña ya supone unos sesenta euros entre gasolina y peajes, es sesenta euros sí o sí, luego más el forfait, y si subes con amigos o lo que sea entre copas, cenas y tal, y yo este año he subido solamente dos fines de semana y antes era uno sí y otro también”.

Otros miembros de los grupos veían cómo la crisis había conseguido que se retomasen prácticas que parecían ocultas u olvidadas, como el ocio de bocadillo o las tardes en el parque.

Estamos como estaban los españoles cuando fueron a Alemania en los años sesenta, se juntaban en las casas, ponían una litrona en el medio, dos latas de sardinas y una televisión que había para todos y ahí veían el partido, pues eso estamos haciendo ahora nosotros, nos juntamos en la casa, tú pones el primero, yo pongo el segundo, tú pones el chorizo, tú pones el postre y ya está, y qué nos hemos gastado, diez euros, de la otra forma nos hubiéramos gastado ochenta euros”.

Pero esa moderación en el consumo también ha llevado a situaciones paradójicas. Porque si bien, asegura Ibáñez, “hay sectores de la sociedad que afirman que la crisis no ha cambiado sus hábitos, en especial aquellas amas de casa que reconocen que siempre han ido buscando por los supermercados la barra de pan más barata”, en otros el temor “suele verbalizarse desde un discurso racionalizador, con mucha gente afirmando “no quiero endeudarme, no me atrevo a acometer ahora grandes gastos, no me voy a arriesgar en estos momentos”. Sin embargo, esa prudencia convive con el mantenimiento de un nivel relativamente similar de gasto en el ocio. Por eso se sigue saliendo a cenar, a tomar algo por la noche o yéndose de vacaciones, sobre todo en las clases media y alta, aun cuando los presupuestos sean algo más limitados”.

En cuanto a las clases populares, la menor disponibilidad de recursos provoca que surja, afirma Ibáñez, un cierto sentido irónico a partir del cual afirman su identidad, “destacando que pueden disfrutar de la vida que tienen y de sus amigos sin el sufrimiento del dinero y que su ocio no está atrapado en el gasto”.

-Esa mujer (se refiere a Carmen Lomana) no se va ni a comer la tortilla, a esa sí que le cambia el estilo de vida, esa sí que no sabe vivir.

-Esa es que no se sabe poner un chándal y unas zapatillas de deporte e irse al campo.

-Exactamente.

-Es que no se lo pone, vamos.

-Por eso los pobres somos más felices, sabemos buscarnos la felicidad mejor que los ricos, ¿que no?, te diviertes sin nada y los otros se tienen que divertir con lo que sueltan.

El segundo gran elemento que recorre la relación entre crisis y consumo es la sensación arraigada de que la causa última de la recesión es que hemos vivido por encima de nuestras posibilidades. Como afirma un participante,

- […] hemos estado todos en una nube y claro, una persona que está en una nube, pues eso, cuando se desinfla pues se va al suelo, entonces tenemos todos bastante culpa creo yo, empezando por los gobernantes […] cuando las personas vivimos por encima de nuestras posibilidades pues nos pasan estas cosas y empezamos por los gobiernos y por los ayuntamientos, cómo es posible que unos ayuntamientos que se han estado forrando deban no sé cuántos cientos de miles de millones a las empresas por ejemplo, vamos a ver, usted no ha estado manejando su casa bien, usted no puede gastar nunca más de lo que gana, si usted recauda no sé cuánto y se gasta mucho más, por qué, para decir, yo hago más, y yo más, y yo más, vale, la conclusión es que eso se tiene que acabar […]

Sin embargo, esta interpretación, muy extendida, requiere de matizaciones. Porque, como señala Ibáñez, también hay diferencias también entre estratos sociales. Así, los medios y medios altos, “pueden asumir cierta culpa, pero desplazan la responsabilidad hacia abajo, señalando que hay mucha gente que no sabe gestionar sus recursos, que está continuamente endeudada porque no ha sabido manejarse. Sin embargo, entre los grupos de abajo, sí hay una asunción más frecuente de ese discurso como propio, y no son inusuales argumentos como “igual he tenido un ritmo de vida que no me merecía o hemos gastado más de lo que nos habíamos ganado”.

Además, en este sentido, en casi todos los grupos aparece el ser español como algo negativo, como una naturaleza “que tiende a los excesos y al descontrol si no tiene por encima mecanismos de vigilancia”. Un elemento que Ibáñez relaciona con la fuerza que continúa teniendo el complejo respecto de Europa, “algo que tenemos metido hasta el tuétano. Los argumentos que suelen emplearse hoy tienen que ver con nuestra falta de fortaleza productiva, con la comparación con los alemanes o con haber ido a lo fácil, al turismo y al ladrillo y argumentos similares. Ha variado la expresión, pues, pero el complejo sigue estando presente”.

El tercer elemento en juego es la diferencia entre el pasado y el presente. La referencia a un pasado en el que podíamos pasar con muchos menos bienes, contraponiendo un tiempo humilde pero feliz, con un presente consumista e insatisfactorio, aparece cada vez con más frecuencia en las reflexiones de nuestra sociedad.

M: Yo, celebraciones en casa, con unas tartas que me hacía mi madre…

M: Y ahora todo tiene que ser…

(Hablan a la vez)

H: Y aparte que te privas de cosas.

H: Las piñatas, los globos, todo.

M: Antes todo el mundo lo hacía en casa y no pasaba nada y tan contentos, hacías una comunión y la hacías en casa, ahora todo tiene que ser en restaurantes.

En igual sentido se aprecian los gastos que se realizan con los hijos, que se perciben como excesivos:

-Mira, yo tengo un niño que tiene tres años, el pequeño, y en reyes fue el rey mago a la clase y empezó a preguntar a cada niño lo que quería para los reyes y uno decía una trompeta, el otro un tambor, el otro un coche, y llegó un niño y dice, yo quiero la Play, la PSP, yo me quedé, con tres años pidiendo una PSP, tengo el mío que tiene siete años y no se la he dado todavía.

-Pues ese niño tiene la PSP.

-Yo tengo una cuñada, yo se lo decía, Marisa, no le des al niño todos los gustos, tú no le puedes dar al niño todo porque el día que verdaderamente no puedas se te va a rebelar el niño […] pues comprar por comprar tampoco, pues le vamos a comprar una cosita cada una, somos cuatro, pues cuatro, eso de saturar a los niños, tres o cuatro cositas y ya está porque cuando no se puede, y ella nunca ha estado acostumbrada…

En este orden, la relación con los hijos, especialmente con los adolescentes, es el mejor indicativo de la irreversibilidad de las transformaciones. Mientras muchas familias pueden hacer esfuerzos de ahorro en los aspectos más cotidianos, les resulta bastante más complicado llevarlos a la práctica cuando se trata de controlar el gasto con los hijos. Así, mientras en la educación en las décadas centrales del siglo XX no se cedía ante las marcas o se evitaban los deseos de los hijos si estos suponían un coste excesivo, “hoy los padres lo tienen mucho más complicado para resistir esas presiones, que habitualmente no sólo llegan de los propios hijos sino desde el mismo entorno”: como los demás lo tienen, no se lo vas a negar a tus hijos.

Sin embargo, lo más preocupante es que la aparición de estos elementos no está produciendo tendencias sociales constatables. No se ha generado, como algunos deseaban, la remoralización alrededor del consumo o el regreso a una ética del ahorro, y tampoco aparecen en el horizonte formas alternativas de consumo. Más al contrario, la sensación más frecuente respecto de los acontecimientos, también en lo que se refiere a la crisis y al consumo, es la de sentirse sobrepasados por unos tiempos duros a los que no se les puede colocar más que parches individuales

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